
Querido Héctor:
En realidad sé que nunca recibirás esta carta, tal vez jamás sea capaz de dártela.
Nuestra ruptura fue como una cuesta arriba que subir con aire en mi contra, con peso en mi espalda y dolor sobre todo mi cuerpo.
Tú no ayudaste, a pesar de ello, no te guardo rencor. Tú continuaste tu vida, que fue lo importante para ti en ese momento, y yo, yo me limité a mirar a lo lejos, a contemplar, y a cometer errores haciendo eso. Me hice daño a mí misma, incluso hice daño a los que me querían y quieren.
Guardo preciosos recuerdos de nuestra historia, incluso sigo conservando cierta camiseta que te quité, y aquella caja roja, ¿la recuerdas?
Nuestros secretos siguen en su interior, sin lograr escapatoria.
¿Sabes? No hay día que no piense qué hubiera pasado si hubiéramos continuado, si hubiéramos cumplido nuestras promesas y sobretodo, si no hubiéramos dejado que la distancia nos separara.
Pero el destino quiso que te conociera y pudiera salir del pozo negro en el que me metieron obligada, y sé que si no hubiera sido por ti, no hubiera podido salir de ahí. Tal vez por eso no te guardo rencor.
Muchas veces intenté odiarte, quise olvidar que fuiste lo mejor que tuve, y lo peor de todo es que no pude. Te quise tanto que no conseguí llegar a odiarte, ni olvidarte.
Hay gente que me dice que recordando lo malo lograré olvidarte. Nuestra historia tuvo cosas malas, muchísimas, y no creas que no las he pensado una y otra y otra vez. ¿Sabes a la única conclusión que he llegado? Que ni pensando en lo malo lograré olvidarme de todo lo que sentí por ti.
Guardo el olor de tu cuello, y lo que te encantaba que te mordiera la oreja. Conservo la imagen de tu sonrisa, el color de tus ojos y lo alborotado que estaba siempre tu pelo. Pienso cada día en la primera vez que te vi, vestido de verde, con un escudo del Barça en el centro de la camiseta de tirantes, uno pequeñito en el pecho izquierdo, y un número que me resultaba muy familiar en el derecho. Aquel día, se te fueron los ojos, como te dijeron.
Recuerdo también la primera vez que estuvimos solos. Algo tan insólito para mí.
Ahora mismo sería capaz de hacer una película con nuestra historia, con las fotos, con los sueños, las promesas, los momentos que vivimos.
Fuimos uno, es la verdad, y la verdad no hay vez que no duela, y ahora no iba a ser distinto.
Dejaste algo dentro de mi corazón, y aun que ello sea lo más estúpido que haya hecho en toda mi vida, no he conseguido sacarlo de ahí, después de tantos años.
Te recuerdo como si siguieras aquí, conmigo.
Y sigo pensando, que algún día volverás, se cumplirán las promesas, los sueños, y no habrán despedidas, ni lágrimas. Solo habrá amor. Nuestro amor.
Ahora te escribo desde el porche de mi nueva casa. Si miro al frente nuestra playa me absorbe.
Tengo una habitación con tus recuerdos, con paredes llenas de tus cartas, de las fotos, y de todo lo bueno que conseguimos crear juntos. Cuando siento que te necesito, me meto en ella, abro las ventanas, y continúo mirando el mar. Aquel mar que un día fue nuestro, aquel que fue testigo de nuestro comienzo.
Estoy sentada en una mecedora. No dejo de moverme, ni de ver el final del mar más cerca y más lejos cada vez que lo hago. Desde aquí te espero. Como prometí, yo nunca sería capaz de decirte adiós para siempre.
Siempre tuya, Paula.